La máquina de ser (in) feliz: B.A. Rock 2017 y el artesanado del rock

No se entiende el menú,

pero la salsa abunda

Yo caníbal

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Tomar un viejo inmueble y restaurarlo es el signo más característico de una apropiación cuidadosa de alguna tradición para darle vitalidad, para hacerla circular entre nuevas generaciones, para habilitar distintos consumos, para producir el flujo del deseo urbano. B.A. Rock 2017 podría ser pensado como una iniciativa —más allá de las intenciones de sus promotores— que busca restaurar cierta centralidad del rock nacional en la escena de la música popular argentina utilizando los formatos de conciertos masivos en los cuales coinciden —y corren paralelos— escenarios, grillas, the new and the old schools, al dictado de los actuales modos de “escuchar” música. Eclécticos, variados, a un mismo tiempo, géneros, grupos, etc. Deambular, ir y venir, zapping. Sin embargo, para restaurar no hace falta, simplemente, modificar la fachada. Hace falta consolidar los cimientos.

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Devenir niño Spinetta

Hablamos de restaurar al rock nacional puesto que éste es interpretado como patrimonio. Los rockeros tenemos una irrefrenable voluntad de monumento y preservación. Los organizamos y gozamos con notable religiosidad. Recordamos a Pappo y lo brindamos con el sabor del encuentro. Armamos iglesias, llevamos a nuestros hijos a que se inicien con AC/DC, una foto frente a alguna tumba, otra editorial que denuncia la necesidad de poner en valor al rock and roll como cultura. Restauración —y no rehabilitación— porque nadie nos ha privado de nada. Ni los medios de comunicación, ni la industria discográfica, ni mucho menos las redes. Las crónicas más críticas afirman que B.A. Rock 2017 fue un rejunte de artistas, sin espíritu. Sin comunión. Pareciera haber evocado una mítica lejos de incrementarla: la parasita. Oferta entre ofertas, y no punto de encuentro para una vanguardia.

Y si el rock no puede ser vanguardia, si no puede siquiera oler a complot, ruptura, si no puede poner en tensión la relación con el estado y la sociedad, si no puede construir un espacio para la ilusión de una contrasociedad… Entonces solo reproduce el escenario del liberalismo mundial que tan bien vende Lollapalooza: todos veganos, saltando por los viejos tiempos, cantaremos una de Riff. Si el rock no es vanguardista, si no está adelante: no puede ser crítico. No puede pensarse a sí mismo más allá de lo establecido. Se queda atrás, en el pasado, en la nostalgia, en las bandas tributo, homenaje… carcomido en ácido argentino.

Tampoco ninguna organización no gubernamental ha censurado o discriminado a ningún artista. Con la caída del nombre propio del metal nacional de la grilla de B.A.Rock, se ha repudiado un camino posible para la restauración del movimiento: que la crítica no se hará por derecha. No será munidos de pasiones reaccionarias del nacionalismo que haremos la arremetida contra el presente de la globalización. Esas utopías reactivas no nos llevan de regreso a lo propio, a la tierra, sino a los fúnebres rituales de la identidad, al delirio psicótico de querer fundirse en quimeras trascendentes. Se ha repudiado el espurio salto del campo artístico —donde la libertad para crear y decir es absoluta— al campo de la política profesional y de su inmunda máquina electoral. Lo que se discute aquí es, por lo tanto, cuál es el ideal en el cual se sublimará, a través del rock nacional, el deseo de alternativa, si aún existe.

El rock es un movimiento religioso. Religioso es todo fenómeno vinculado a la rememoración, a la conmemoración, a la unanimidad arraigada, en última instancia, al sacrificio. Las neurosis y crisis psicóticas de sus artistas no paran de auto-ofrecer sus propias cabezas para el ejercicio colectivo de la ira. Esos infladísimos egos —espectaculares para el olvidado video clip— quisieran ser alcanzados por la violencia a fin de ser destruidos como víctimas. Y ser, infinitamente, recordadas por la culpa de los caníbales. Pero la elección de la víctima no está confiada a los hombres sino al azar divino. No logran inmolarse en lo sagrado sino en el más profundo y miserable ridículo. Máquinas infelices, pasiones tristes.

El rock realmente existente habita hoy pequeñas capillas y no grandes estadios (donde solo se lucen viejos monumentos aún de pie) Pequeñas salas y talleres del sonido que diseminan, gratuitamente en internet, creatividades entre micro-sociedades nómades. Carecen, casi completamente, de una relación enajenada en el dinero. Quienes hacen rock hace ya tiempo que viven como asalariados o artesanos; saben que el dinero de las discográficas no fluirá hacia ellos ni los espera con jugosos contratos imaginarios. Todas esas historias que MTV alguna vez les contó no guarda para ellos lugar alguno en la industria de la música. La que reserva champagne, putas, limousines, todo ése decorado porno por cinco minutos, a las estrellas de reggaetón, rap, y demás inmundicias del entretenimiento. A pesar quizás de muchos rockeros, el movimiento está forzado a la ascesis, a respetar a cada persona que asiste al concierto (ya no como parte del público, sino como individuo, que se contacta y opina, puntea y comparte la banda en las redes), a la humildad (se es un par y no un ídolo), al valor de uso (la música no se vuelve mercancía), a la amistad con otras bandas (y no a la competencia), al eclecticismo (y no la identidad de tribu), a dejar de lado los esquemas norteamericanos de winners and loosers (todas las estrellas de rock ya se han vuelto cotillones de reality show) para pensar la trayectoria en términos más experimentales, a veces sin electricidad, por momento cuatro discos en un año, por momentos, nada. La vanguardia es así.

En 1976, cuando el Sr. Charly García tenía 24 años y armaba “la máquina de hacer pájaros” era entrevistado por un canal de televisión, en una sala de ensayo. El material puede verse en youtube, Archivo Prisma. En la entrevista García afirma que se nutre de la música clásica, del rock, un poco de jazz,  bastante de tango. Ninguna “tribu” sino todas las que el genio devore. Que la definición del género que lo ocupa no es otra que música popular. Y que uno de sus objetivos es comunicarse con la gente. Una imagen única, serenidad del artesano en su taller, seguro del aporte que estaba haciendo al futuro de las generaciones. Hemos tenido que olvidar la imagen de García-estrella del menemismo. Es que es ésa otra imagen, la del joven músico-artesano, la que retorna, cargada de sentido, la que debe ser restaurada como si fuera una preciosa pieza que anticipa lo porvenir.

Que, sin lugar a dudas, es el de cientos de músicos perfeccionistas, en sus miles de salas y pequeños bares, para quienes el rock, la música, ya no tiene el destino del mercado, de los grandes conciertos para el enamoramiento antropofágico de las masas sino que resultan en vidas vueltas pentagramas para las huidas de solos hacia solos… Es el rock —destituido del orden del fetiche— vuelto ética, estilo de vida.

 

Provincia de Buenos Aires, 17 de Octubre de 2017

Leonardo Fabián Sai

 

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