Esquizo-poesía y rutina: reseña sobre “Hölderlin: la torre de Neckar” de Alejandro Spangaro

Las estatuas son ahora cadáveres cuya alma vivificadora se ha esfumado, así como los himnos son palabras de las que ha huido la fe; las mesas de los dioses se han quedado sin comida y sin bebida espirituales y sus juegos y sus fiestas no infunden de nuevo a la conciencia la gozosa unidad de ellas con la esencia…

Fenomenología del Espíritu

Hegel

Domingo 1ro de septiembre. Teatro El Ópalo. En una breve representación, de cuarenta y cinco minutos, Alejandro Spangaro sacude las tablas de Buenos Aires: una jornada, infinitamente, más intensa que el empate bostero del circo romano. Se trata de nuestra relación con la locura, con la rutina, esa enajenante repetición obrera: un recitar poético convoca a fugarnos del funcionamiento para abrir una ventana a otros mundos posibles. ¿Compensación pequeña burguesa en el medio del cemento hecho nada más que de euforias y desesperantes coreografías electorales? Puede ser. Pero también una relación con los nombres de la historia. ¡Explíquese Sai! Allá vamos.

Mirar esta obra, en la distancia del espectador, supone la representación-teatro, más con los ojos que con los oídos, evidencia el argumento: un guía turístico nos muestra la torre de Neckar, en Tübingen, Alemania. Allí, Friedrich Hölderlin pasa sus últimos 36 años –36 años de alienación y soledad— sumergido en la locura. En ese recorrido, se produce la enajenación del guía en el artista, recitándonos algunos de sus poemas, como si el espectro del pensador esencial fuera ahora traído, encarnado, nuevamente, entre objetos de amor y encierro. Sin embargo, me parece que, justamente, con la torre de Neckar no se trata solo de un “ver” sino de escuchar. Escuchar una euforia: el recitado solemne que indaga en lo sagrado mientras los dioses se niegan y perseveran en la noche y los relámpagos. Teatro no es cine, es encuentro con lo otro, es cerrar los ojos para recibir los sonidos; vibraciones de una sala. El trabajo de Spangaro es, igualmente, pura física: unos ojos bien abiertos gritan a las huellas de los dioses idos para provocarnos a nosotros, los sin dioses, de la decadencia.

Entonces, no existe un guía turístico, agobiado de tantos años de hacer lo mismo, que pierde de golpe la razón y que podría identificarse con Hölderlin sino un ejercicio de esquizo-poesía donde el actor central es ahora tan solo uno más en esa miríada de recitadores que ocupan los pequeños escenarios en bares, centros culturales, diminutas y escondidas salas de teatros, mezclando Rilke con Feria del libro Punk, ramillete de locxs que no buscan identificarse con genios sino con intensidades… lo divino se ha vuelto demasiado humano y lo demasiado humano unas prácticas en las que contemplamos nuestra divinidad.

El guía-poeta-esquizo ahora se eleva y ve la luz de los dioses que somos, allí sentados, entre la oscuridad de una sala de teatro, hace una reverencia en la que nos reconoce y despide, antes de que caigamos otra vez en el sueño, que nos impone la sociedad; y se prendan los reflectores, y los cuadros sean solo cuadros, y los rostros solo rostros.

Acaso simples mortales que agradecen el hechizo del artista.

la torre 1

Ficha técnica: aquí

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 3 de septiembre de 2019

Leonardo Fabián Sai

 

 

Un comentario en “Esquizo-poesía y rutina: reseña sobre “Hölderlin: la torre de Neckar” de Alejandro Spangaro

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s