Algunas nuevas reflexiones sobre Pesaj y la libertad

Por Emmanuel Taub.

I. Se dice y se repite, se canta y se rememora que fuimos esclavos en Egipto y ahora somos libres. Fuimos esclavos y somos libres: todos fuimos esclavos aunque no hayamos vivido la esclavitud egipcia, pero “como sí…”. Ese “como sí…” es la el corazón escondido de la temporalidad judía, el secreto oculto de la supervivencia. Rememoramos el pasado como una dimensión viva y nunca como un monumento estanco, vacío, inmóvil. Porque rememorar el pasado no es recordar una fecha que se transformó en un dato sobre la linealidad de un ayer: todo recuerdo es una llamada que nos convoca o nos reclama la presencia del “como sí…”, cómo si nosotros también –nosotros antes, nosotros hoy, nosotros mañana– hubiésemos sido parte de esa experiencia. Y si nunca somos los mismos después de haber atravesado una experiencia, entonces el nosotros judío nunca es igual ni es el mismo ni es totalidad, sino la experiencia del pasado como sí también fuese nuestra propia experiencia.

II. La memoria judía no se encuentra en el recuerdo, sino en la rememoración: exige un ejercicio de recuerdo, volverlo vivo y contemporáneo, transformarlo en parte de nuestra subjetividad y de nuestros rostros comunitarios, volver el pasado contemporáneo, presente.

III. La temporalidad como rememoración transforma la historia cronológica y de los datos en una historia moral. La historia judía es una historia moral que nos vuelve responsables de esa libertad conseguida que celebramos en Pesaj, pero también de la huella de la esclavitud y la opresión de la que fuimos liberados.

IV. Somos responsables de la memoria de la esclavitud que nos hace especialmente responsables del otro. Y esta historia moral no es negociable aunque muchos de nuestros judaísmos lo hayan olvidado. Porque es esta responsabilidad la que verdaderamente constituye el motivo de la celebración: rememorar que somos hijos de la opresión, la humillación y la esclavitud mucho más que de la libertad que se consiguió al salir de Egipto. Porque la libertad es la búsqueda transformadora que siempre se está resignificando, pero la esclavitud –y haber sido el otro del otro– es lo imborrable: el signo de nuestra manera de comprender la historia como responsabilidad.

V. La historia que comienza con la salida de Egipto hasta que los hijos de Israel quedan finalmente liberados del ejército egipcio también lleva consigo otras enseñanzas que han sido corridas por la interpretación hacia los márgenes (pero no olvidemos nunca que es en los márgenes en donde se construye el pensamiento). Luego de que los hijos de Israel vieran morir a los egipcios debajo del las aguas del Mar Rojo y pudieran experimentar el poder de Dios y la fe en la que Moisés creía, comenzaron junto a su líder a cantar de alegría y agradecimiento a Dios (Éxodo 14:1-2). Sin embargo, nuestros sabios talmúdicos (Tratado Sanhedrin 39b) cuentan que en aquel mismo momento en el que los hijos de Israel celebraban haber cruzado las aguas sin caer nuevamente en las manos de los egipcios que se ahogaban, los ángeles en el Cielo también quisieron recitar un canto ante Dios, pero Dios no se los permitió: “El Santo, Bendito sea Él, les dijo: Mi obra, es decir, los egipcios, se están ahogando en el mar, ¿y están recitando una canción delante de Mí?”.

VI. Somos hijos de nuestras interpretaciones pero también de lo que elegimos interpretar. El relato que comienza con la salida de Egipto también contiene la base fundacional de la ética judía y de la historia moral entendida como responsabilidad antes aún de la entrega de las Tablas de la Ley en el Monte Sinaí: somos responsables de esa libertad porque somos responsables también de lo que hacemos con esa libertad y de las decisiones que tomamos. Y no hay libertad sin opresión, como no hay desierto sin Egipto. Pero esa libertad no debe confundirnos y llevarnos a mirar hacia atrás con ojos de superioridad, con desdén o insensibilidad: porque atrás nuestro siempre estarán los egipcios, obra y creaturas de Dios, ahogándose en el mar.

VII.
Por todo esto, se me hace imposible pensar en un judaísmo que construya o decida sus políticas sobre la opresión del otro, del débil, del pobre. Por ello creo que es paradójico un judaísmo insensible ante el dolor de los demás, un judaísmo que no lleve como consigna la justicia social. Por ello creo que, ante el triste devenir de muchos de los judaísmos que desde la Shoá hasta nuestros días han olvidado las políticas sociales inclusivas, la responsabilidad comunitaria y social ante el otro más allá de su procedencia o religión, el judaísmo no puede vivirse ni pensarse por el mismo camino que el liberalismo o las políticas que aún siguen llamándose de derecha. Esos judaísmos han olvidado la enseñanza de Pesaj y la historia moral de donde venimos y hacia donde vamos, la historia que rememoramos cada año y que es la base de nuestras enseñanzas y nuestra forma de mirar y habitar este mundo.

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