La ilusión de ser El Potro / Reseña

IMG_20181006_201835Gracias a Dios, la religiosidad popular de nuestro cristianismo futbolero no ha podido hacerse del todo de Rodrigo Bueno como Jesucristo cordobés. No hay duda que lo han intentado, repetir a Gilda, producir al ángel del interior que desplegó sus alas para religarnos a todos en festival cuartetero. Es que hay dualidad en el rostro del Potro: sus ojos inocentes lo son también de ambición y desmesura. La voluntad de misticismo queda desactivada frente a la afirmación del cuerpo y sus excesos. Los santuarios de Rodrigo se vacían, se ensucian, se vuelven a armar, se vandalizan, la televisión denuncia el abandono y olvido del ídolo. Sin embargo, no hay fiesta que no reclame su música, la presencia de su sonrisa entre alguno de sus numerosos hits. La película “El Potro: lo mejor del amor” vuelve a poner el cuerpo —miradas, movimientos, transpiración, rendimiento, romanticismo, adicciones, infidelidades, etc— en el recuerdo del artista en lugar de producirlo como mártir de alguna causa que lo oculte, sustraiga y pierda como tal.

A diferencia del trabajo anterior de Lorena Muñoz sobre Gilda, en “El Potro: lo mejor del amor”, todo es, fundamentalmente, cuerpo. El encanto, la magia, cede ante el goce de la fama. Desde la elección (acertadísima) del albañil-fan por su parecido—Romero saca con absoluta dignidad un rol desafiante— hasta la duración de las escenas donde lo vemos cantar y bailar en los escenarios, con una fidelidad y detalle, que no puede sino resultar en auténtico homenaje. El film resalta al cuerpo porque busca recrear la dimensión verdadera de la vida del artista: sed irrefrenable de reconocimiento del Otro. La imagen del boxeador de la vida —debilidades, vicios y patetismos— condensa aún más la metáfora, a través de la presencia y admiración a Leonardo Favio, como auge y tragedia del ídolo.

¿Hace falta recurrir al tapón de Edipo para interpretar Lo mejor del amor? ¿Insertar a la madre-voraz—figura paterna desafiada—muerte del padre-culpa—conducta autodestructiva— o recurrir al combo “carisma + autodestrucción + destino trágico = héroe popular”? La novela familiar —y todo el circo miserable que resulta en festín, banquete, y mediática del corazón– es un asunto secundario en este trabajo reciente de Muñoz.

Lo decisivo es esta alegría de una vida que conquista un escenario —ése ring, la gloria de trece Luna Parks— situado al comienzo y al cierre de la película, como parábola de una obra que se realiza en la mirada del hijo: el que bailó ahí junto a su padre, el que lo recuerda con el orgullo de una despedida.

 

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 8 de octubre de 2018

Leonardo Fabián Sai

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