Racionalidad política y dólares verdaderos; por Carlos Leyba.

La política del bien común es la racionalidad de la política y no la imbecilidad de los trolls y los focusgroup que es un negocio para atorrantes.

lennon-john-dollars-4900124Es difícil acertar con qué empezar una reflexión constructiva en estos tiempos horribles. Es difícil porque a los hombres de este gobierno que dicen privilegiar ante todo “la verdad”, si es que lo procuran, a ellos les falla la aproximación a la realidad.

Ven una realidad aumentada cuando una tenue señal les dicta algún logro obtenido; y la reducen hasta la desaparición cuando señales gigantescas les informan de homéricos fracasos.

Dijo el inexplicable Marcos Peña, ante un público desconcertado por el absoluto descontrol de las variables económicas, “no estamos ante un fracaso económico”. El antónimo de “fracaso” es éxito.

¿Podrá la ridícula lógica de Marcos imaginar que esta ha sido una manera de afirmar publicitariamente “el éxito” de su gestión?

Cómo no recordar “es la economía, estúpido”.

Segundo tema. El Presidente, hijo de Franco Macri, dijo “Son décadas de apropiación del Estado por parte de la política”, al referirse a la mega corrupción revelada a partir de los cuadernos de Centeno.

Mauricio no ignora que su padre y su fortuna heredada, están indisolublemente unidas a la Patria Contratista cuya continuidad, a lo largo de los últimos cuarenta años, afloró de manera grotesca en las auto incriminaciones de los popes de la Cámara de la Construcción, en el sector transporte y en la energía y -por cierto- en todas las privatizaciones de bancos y servicios públicos en los que hubo denuncias de cohecho, para llamar a las cosas por su nombre. Cohecho, no corrupción. No es que uno se aprovecha de otro. Dos pícaros se confabulan para quedarse con dinero público que es “un paga Dios” para obras muchas veces no prioritarias, casi siempre mal hechas, servicios no prestados, y la mar en coche. Cohecho. No verso. No extorsión. No aportes para la política. Coima y vamos y vamos. Vos esto y a mí la obra, el servicio, lo que sea me deja una ganancia del doble o el triple de lo justo y necesario. Fortunas súbitas. Cómplices del silencio. ¿Realmente lo sabremos?

Cómo no recordar que la política basura y el empresariado asociado, han generado una oligarquía mezquina que desarrolló, desde hace cuarenta años, un esquema de políticas económicas destinada a fortalecer a los concesionarios, generar fortunas súbitas mientras la riqueza por habitante en el país no hacía más que declinar y la pobreza crecía de manera escandalosa.

Esas políticas destruyeron el aparato productivo y generaron “la apropiación de los bienes del Estado”, por lo que aquí llamamos “la nueva oligarquía de los concesionarios”: el mismo fenómeno que dio lugar a los oligarcas rusos.

Néstor Kirchner fue más brutal por la urgencia: eligió un grupo de impresentables que organizaron “éxitos” encabezados por el chófer, el cajero del Banco, los Eskenazi y el juego.

¿Quiénes son los nuevos ricos de estos 40 años, constructores, banqueros, casinos, proveedores de servicios públicos, petroleros, etcétera? Todos “concesionarios”, “contratistas”, socios del Estado para cubrir las eventuales pérdidas, y frecuentadores de “la política”: no importa que confiesen que han cometido delito, igual los acompañamos, ponemos el pecho, bien por ustedes.

¿Y la verdad? ¿Cuántos K, peronistas de cualquier bandera, han condenado a los confesos? ¿Qué es lo que hace que gente de bien y proba, no contribuya a echar luz sobre lo que es, por definición, un daño económico y moral a la sociedad? Todos callados. ¿Los que fueron miembros del gobierno anterior y muchos, seguramente, con las manos y el alma limpia, no sienten la obligación de decirnos “yo estaba ahí, no lo vi, lo hubiera condenado y lo hago ahora”. ¿Es tan difícil?

La verdad es que la mega causa de los cuadernos difícilmente concluya con la revelación de toda la infamia de tantos años. Demasiadas cosas. Es más, la mala es la “intención” del Juez Bonadío de parar la investigación de esos hechos en 2008. ¿Quién se salva con esta decisión? La buena, habrá que ver si se confirma, es la imprescriptibilidad de las causas de corrupción, en buen romance “cohecho”. Veremos. La otra verdad es la crisis económica. No es una tormenta que haya venido de afuera.

Es el fracaso, en continuado, de a) liberar la obligación de liquidar en plazos razonables las divisas de exportación, b) liberar el mercado cambiario y al mismo tiempo eliminar las retenciones, c) pagar -sin ninguna lógica económica y moral- 55 mil millones de pesos de 2016 a los especuladores del dólar futuro, d) utilizar la emisión de LEBAC a tasas y plazos insostenibles, para absorber la emisión monetaria derivada del ingreso de dólares especulativos que atrasaban el tipo de cambio real y contribuían, como una doble Nelson, a acentuar el desequilibrio comercial y a reducir la producción local por gigantescos desincentivos financieros, e) el resultado de ese desaguisado (y de muchas otras insensateces que sería cansador listar), generó estancamiento y déficit único en la balanza comercial (una extraña pareja) y la apelación al gasto público discrecional para compensar la caída de la demanda global privada lo que generó el mayor déficit fiscal de los últimos tiempos, f) una vez producida la estampida (cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía) los dólares especulativos pudieron escapar a 20 pesitos por unidad con ganancias extraordinarias gracias a las tasas de LEBAC y ese “error” nos costó 15 mil millones de dólares aproximadamente. Lo mismo que le pedimos al FMI en el primer tramo. La misma lógica: así como los “concesionarios” se quedaron con el patrimonio público (y la capacidad monopólica) por monedas, los “especuladores” se quedaron con los dólares que ahora todos debemos, g) ¿mala suerte? ¿mala praxis? ¿mala política?

Las tres cosas. Es cierto, las condiciones internacionales no eran las mejores para el enfoque PRO de la política económica. ¿Por qué no lo cambiaron? Mala praxis de tipo uno: no adaptar la política a las nuevas condiciones. Mala praxis de tipo dos: no dejar de vender dólares a precios irrisorios para los operadores. Hay mucho más. Pero vamos a la política. Una política requiere un diagnóstico. Si usted, cree que el enfermo tiene un virus y espera que se vaya solo y el tipo tiene una infección que usted, no detectó, el tipo no sólo no se cura, sino que por ahí se muere. No hay realidad sin teoría, ni se puede encontrar lo que no se busca. Estos jóvenes ¿“académicos”? Batman Sturzenegger y Robín Llach no tenían la menor idea de las causas de la inflación y atacaron las consecuencias. Créalo o no.

Los jóvenes especuladores que los sucedieron al frente del Central, siguen sin tener la menor idea (o tal vez no) de cómo “conducir” las expectativas del mercado. Un ejemplo: hacer que el Presidente mienta acerca de un acuerdo del FMI que no existía, es una manera de provocar las expectativas contrarias: todos los del “mercado” tienen línea abierta con los “popes”. ¿Qué esperaban, qué quisieron hacer? Raro.

Digamos que en materia de diagnóstico pocos análisis multidimensionales y, en consecuencia, error. Obvio sin diagnóstico no hay tratamiento exitoso, salvo casualidad: por ejemplo viento de cola. Ahora bien, toda política para merecer tal nombre y dado el diagnóstico, requiere definir objetivos e instrumentos apropiados a ellos.

Por ejemplo, Mauricio dijo “quiero que me juzguen por la reducción de la pobreza”; fuiste. La profundizaste, es una cosa que avanza en función del tiempo; y la multiplicaste, que es la consecuencia de no reducirla a alta velocidad. Todo mal.

Y agregaron “liquidar la inflación es fácil”. Pedantería barata. Este año llegan a 40 porciento. Un horror.

Como colofón señalaban “el crecimiento silencioso”, el que no se ve. Brotes verdes, semestres, la economía del gerundio. ¿Qué calle recorren? Ningún objetivo logrado. ¿Pero qué instrumentos usaron? Deuda, tasa de interés, recortes fiscales, aumentos de tarifas y continuidad de los subsidios a las empresas energéticas, particularmente a las petroleras. Todo mal.

Me da una pena enorme decirlo. Una pena porque la presencia de este fracaso, negado infantilmente, habilita a una enorme cantidad de ciudadanos a cultivar la esperanza perversa. ¿Qué es la esperanza perversa? Creer que el retorno del que nos engañaba nos hará encontrar la salida. Es cierto que los jóvenes PRO son un equipo de improvisados, soberbios e ignorantes, pero esas fallas congénitas no hacen buenos ni remotamente a los que los precedieron. Lo único que explica la existencia de los PRO es la preexistencia de los K. Sin la irresponsabilidad, ignorancia y frivolidad de los K no hubiera sido posible que una mezcla de brujos, globos de colores y promesas de “déjame a mí”, hubieran podido apropiarse del aparato público. Es decir, los que están son malos, pero los que se fueron son peores porque los parieron. Y el que no quiera entender la secuencia está abonando el camino para la peor que es la esperanza perversa.

¿Y lo constructivo? Tenemos un dólar a $40 como producto de una devaluación de mercado que, además se devoró reservas inútilmente y puso en duda la capacidad de pago de la deuda. Lo peor sería intentar llevarlo para atrás. El daño está hecho. La acelerada devaluación no pasó del todo a los precios y es probable que el contexto recesivo frene la imitación de la tasa de precios a la tasa de devaluación.

La herramienta racional para reducir el costo inflacionario es aplicar retenciones a todos los bienes salario que exportamos. Esas retenciones deben surgir del análisis de costos de producción por cadena de valor, de modo de tener en cuenta el peso de los productos importados que implican un aumento de costos inevitable.

La destrucción del aparato productivo, derivado de las políticas irracionales de apertura con tipo de cambio bajo, ha generado una participación insospechada de las importaciones en toda la cadena de producción que una sana política de retenciones no puede dejar de tener en cuenta. Todo el sector primario (agro, minería, energía) debe aportar retenciones, habida cuenta del impacto devaluatorio en su cadena. No hay ningún sector igual al otro en términos de insumo producto y por lo tanto es un error descomunal imaginar un nivel único de retenciones. No obstante – imaginando a mano alzada un promedio – es posible que con este nivel de exportaciones (que probablemente aumente) una tasa promedio razonable ayude a equilibrar las cuentas públicas de una manera genuina, como es el gravar el excedente de una competividad cambiaria. Lo peor sería la deformación fiscalista de contadores puestos a economistas que creyeran en la eficacia sistémica de una tasa única generalizada. Digamos zapatos 41 tanto para un tipo de 1,90 y otro de 1,60. Las dos alturas existen. Lo que no existe es un pie del mismo tamaño. No es difícil. Pero, como decía J. Ortega y Gasset, no es lo mismo el equilibrio de las cuentas del Estado que el equilibrio de las cuentas de la Nación. El mejor instrumento (retenciones) en manos de un grupo de improvisados puede matar al paciente. La idea misma de retenciones implica “diferenciales”.

Hay un segundo tema. La “desdolarización”. Particularmente en materia energética. El campo, por ejemplo, es tierra, trabajo, combustible. Si la energía permanece dolarizada se anulan los beneficios de la devaluación y se negativizan las retenciones. Este es el segundo paso imprescindible.

Mauricio fue a Vaca Muerta celebrando lo que es una buena noticia material, que detrás contiene una absolutamente repudiable política de subsidios. Hasta 2021 el gobierno le garantiza a los que sacan nuestro gas, un precio del doble del internacional. ¿Qué arreglaba la Cámara de la Construcción con Baratta? Vamos y vamos, con un precio superior al del mercado.

Que sea público no es un fundamento de la “racionalidad” del subsidio o sobreprecio. “Un informe de la FARN alertó que entre 2017 y 2018 se destinará el 3 por ciento del PBI a cubrir subsidios fósiles, lo mismo que nos pide ahorrar el FMI”. Lo cita Marina Aizen del super oficialista Clarín (31/8/18). En buen romance al tipo de cambio que, con retenciones racionales, contribuye a la caja fiscal, al equilibrio de las cuentas externas y a la promoción de la producción exportable, hay que agregarle la desdolarización generalizada y de las tarifas en particular.

En esas condiciones están dadas las bases para una política de ingresos que procure proteger los salarios y cobros, en particular los más pegados al nivel de vida, y el empleo. Eso no lo produce el mercado. De la misma manera que el mercado no produce ni retenciones ni subsidios, el mercado no puede resolver la estanflación. La solución es política y pasa por un acuerdo económico, social y político con un horizonte superior al próximo período electoral.

¿Quién puede imaginar que esto es posible? Solo es posible entre “racionales”, hay racionales en Cambiemos. No lo son J. Duran Barba ni Marcos Peña. Tampoco todos los de Cambiemos que, además de pelearse con ellos mismo, agregan todos los días un enemigo nuevo y ahora con el comando de Martín Lousteau, tratan de agredir gratuitamente a una parte de la sociedad bajando los símbolos religiosos de los edificios públicos. En este clima agregar conflictos idiotas está de más. Pero así son. Digamos que ahí no están los racionales.

Pero hay racionales en Cambiemos y en el PRO, por ejemplo, Federico Pinedo y los hay en el peronismo de todos los colores. Y en todas las agrupaciones políticas. ¿Cómo se mide la racionalidad política? Con la vocación de diálogo y concertación. Sin esa vocación no hay racionalidad. No la tiene Cristina K. pero tampoco, por ejemplo, un polemista punzante como Fernando Iglesias.

La racionalidad política, la vocación de diálogo y concertación, es tan escasa como los dólares auténticamente ganados. Y no hay dólares auténticamente ganados sin esa racionalidad política.

Concertar el aprovechamiento de esta encrucijada del mercado (toda crisis es una oportunidad) que nos ha llevado a un dólar imposible de imaginar ayer nomás, implica un programa de ataque a la estanflación, con una economía de control concertadoque ponga el énfasis en aquello que nos olvidamos: sustituir con trabajo nacional los bienes que supimos producir y que estamos en condiciones de hacerlo. Y eso implica que los ‘concesionarios‘ dejen de gobernar con sus asociados en la política y que la política racional recupere la vocación de concertar el largo plazo.

Nuestros problemas estructurales son crear empleo productivo local que ahora pagamos en el exterior con deuda externa, para que el Estado no sea el que pone compresas en el malestar social sino el que conduce el Estado de Bienestar que toda sociedad decente debe realizar. El Estado de Malestar es la mayor corrupción porque la produce y la corrupción lo reproduce. La política del bien común es la racionalidad de la política y no la imbecilidad de los trolls y los focusgroup que es un negocio para atorrantes.

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