La suerte no se le niega a nadie

Por Carlos Leyba

La decisión de acudir al crédito del FMI y de aceptar sus condicionalidades, que constituyen una redefinición de objetivos e instrumentos de política económica vigentes hasta ese momento, demarca – sin ningún lugar a dudas – el comienzo de una nueva etapa en la gestión de Mauricio Macri.

Es una redefinición económica, pero también es la definición de una etapa que estará signada por la búsqueda más bien inquieta de la reelección personal; y por el desplazamiento a segundo plano de las figuras políticas emergentes que alumbró este período: María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Primero yo, segundos afuera.

El nuevo planteo económico, al desplazar la estrategia de obra pública territorial como colectora de voluntades, resta capacidad de maniobra para mantener viva la imagen, particularmente, de la Vidal.  Y si bien no es producto de una decisión sino de una necesidad – u obra pública o déficit fiscal – no es menos cierto que la ambición de Marcos Peña de ser el sucesor de Mauricio, lo está encandilando de tal manera que no pocos le atribuyen el meneo del avispero que ha expuesto a María Eugenia ante la sociedad al barro de las peores prácticas políticas.

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Es un golpe para Cambiemos, al que se le va adelgazando la hinchazón de honestidad. Merecido. Pero, el castigo en la opinión pública no alineada, difícilmente transforme, para la inmensa mayoría, en probo al proceso kirchnerista al que, el aparato judicial,  jamás condenará a pesar de las evidencias monumentales que han transformado, a los que fueron modestos habitantes de una geografía desierta , en alegres millonarios por el sólo hervor de unos años en el poder. La molicie legislativa y el paso del tiempo habrían sumado nuevas fortunas inexplicables a las muchas que son la contracara del estancamiento y la pobreza. Mientras tanto “la política” para los jóvenes ira dejando de ser una vocación para pasar a ser una tentación. Es lo que hay.

El giro que implica el acuerdo FMI incluye la reducción de la mesa chica del gobierno, no sólo para las decisiones, sino también para los invitados a la mesa de lo que haya para repartir.

Macri sabe que es poco, si es que hay algo, lo que puede ganar (¿quién daría la vida por el superávit fiscal?) y no esta dispuesto a que – si hay algún resultado – los jefes territoriales del PRO se queden con algo. Si bien en la miseria el egoísmo es la peor opción, no es menos cierto que, cuando ella abunda, es bastante frecuente.

Es decir el giro FMI anuncia un camino doloroso para el conjunto de la sociedad y viene acompañado de luchas intestinas en el gobierno, que potencian los riesgos de desequilibrio político.

Esta nueva etapa gobernada por la reducción del déficit fiscal primario (e incremento del déficit financiero) y políticamente, dominada por el exclusivismo “Mauricio” (conferencia de prensa, Instagram) es el abandono del “gradualismo” y también el rechazo a las relaciones horizontales con los demás protagonistas de la vida pública.

Es como si Macri se dijera a sí mismo “si tengo que pagar el precio del ajuste, si hay beneficio lo quiero todo para mi: no tengo socios en las pérdidas no los tendré en las ganancias” .

En todo caso este giro, que tiene que dar frutos en a lo sumo un año, es el abandono definitivo de los iniciales objetivos magnos de “eliminar la pobreza, unir a los argentinos, terminar con la penetración de la droga” con los que empezó el gobierno y que le concitaron votos no ideológicos y ansiosos de sanación.

Transcurrido el 65 por ciento del período en ninguno de los tres objetivos se ha manifestado un atisbo de progreso. Y ante esa evidencia mejor que lagrimear el fracaso ha resuelto cambiar las prioridades – que las pretendió sin programa – y reducirlas a una.

La nueva prioridad es la reducción drástica del déficit fiscal como ordenador de la cosa pública. Un solo objetivo que sólo puede tener un socio “capitalista”: el FMI.

El Fondo logra, con esta asociación, un país que, en la región, empujará por más apertura para la globalización. Una idea propia de toda la burocracia internacional, sea esta multilateral o multinacional si se trata de burocracia privada. Puja de ideas porque observamos que no toda la política, ocupada de los territorios que administran, la postula con la misma intensidad. De ahí el valor de los aliados aunque sean problemáticos. Volvamos al principio.

Esas tres consignas (unidad, pobreza, droga) no eran lo que podemos llamar un programa de gobierno, pero sí una propuesta de prioridades con capacidad de convocatoria.

Unir a los argentinos, sin lugar a dudas, a fines de 2015  era imperioso. La campaña PRO con globos de colores, gritos de alegría y la prédica de que todos los problemas habrían de solucionarse rápidamente, creaba el clima de que algo bueno estaría por suceder. El enfrentamiento, la grieta, con ese mensaje publicitario de la alegría, recibió un bálsamo; y después de las elecciones la imagen del Presidente superó largamente los votos que había obtenido.

Podríamos decir, en aquellos primeros meses, que la grieta acumulaba chances de poder reducirse. El período, en ese sentido, comenzó con una buena señal.

De lo que no cabía y de lo que no cabe duda, es que para atacar los flagelos de la pobreza y de la droga, la unión de los argentinos es una condición necesaria.

Sin esa unidad esos objetivos son inaccesibles. Y convengamos que esos dos objetivos (pobreza, droga) son esenciales para el desarrollo de la sociedad. O lo que es lo mismo su no consecución significa la disolución de la sociedad: no podemos soportar mas pobreza ni más penetración de la droga.

Ambos flagelos requieren de una estrategia básica de largo plazo. No se resuelven por “golpes de fortuna”. La prueba incontestable es que, durante los años de los mejores términos del intercambio de la historia, los años de los que disfrutó el kirchnerismo, la pobreza consolidó su núcleo duro y la droga continúo su penetración.

No hay estrategia de largo plazo posible, ninguna, sin una previa “unidad” de los argentinos.

La unidad, de la diversidad,  es un núcleo básico de coincidencias y convicciones mínimas e indispensables, que habilitan a la construcción de un sistema económico que revierta la pobreza  y a un sistema cultural que movilice contra la cultura de la dependencia fetichista de la felicidad por ingesta.

Seguramente la gestión PRO puede predicar de sí misma que ha avanzado en la lucha contra la droga. La avalan números de operativos y secuestros. Pero es difícil afirmar que el flagelo está en retroceso. Hay señales, en el mejor de los casos, contradictorias.

En todo caso habrá avances en “seguridad”.

No podemos decir lo mismo en “la cultura”: los consumos que generan dependencia cada vez se producen en edades más tempranas y en todas las clases sociales. Y hay que reconocer que la cultura PRO está en el pico del elogio a las transgresiones, es reprogre en lo cultural; y para avalar lo dicho es la fuerza política que con más entusiasmo ha erosionado valores tradicionales y ha hecho de la crítica, por ejemplo, de las instituciones que los sostienen, como la Iglesia, o de las personalidades como el Papa Francisco, un hábito. Si falta una anote, Mauricio, diga lo que diga, ha promovido el aborto para marcar su “progresismo” – que suma muchas voluntades y voluntades activas – enfrentando los “obscurantismos” tradicionales, que serán muchos, pero no generan entusiasmo ni activismo. Duran y Peña sacan cuentas y después actúan.

De lo que sí no hay duda es que, en estos años de Macri y los que faltan según se entreve, la pobreza lejos de disminuir habrá de consolidarse y aumentar aunque más no fuera por el mero influjo demográfico.

En síntesis, nada quedó de las prioridades iniciales de Macri.

La unidad de los argentinos no sólo fue abandonada sino que, a poco de andar, se fue construyendo una fosa gigante en dónde había una grieta. Bajo la conducción de J. Duran Barba – con propósitos electorales – se eligieron enemigos a los que cargar la responsabilidad de muchos de los propios errores.

Obviamente la primera elegida (y con razón) fue Cristina Kirchner (claro que ella fue una militante del odio desde el mismo momento en que no transmitió la banda presidencial). Ineludible enemiga. Pero a su figura, el macrismo, sumó indiscriminadamente a todo el peronismo. Lo que moralmente es una canallada, un gesto de irresponsabilidad cívica y además la imbecilidad de darle peso al boomerang.  El tiempo nos está develando que la soberbia en realidad oculta estupidez.

Es obvio que es una “estrategia electoral”. Duran Barba no ignora que el PRO suma militantes y dirigentes del peronismo (y de la UCDE peronista) p.ej. Rogelio Frigerio, Cristian Ritondo, Emilio Monzó, Patricia Bullrich, para decir los más obvios. De memoria podemos decir que más de un tercio de los principales dirigentes del PRO pasaron por el peronismo. No exagero.

Pero a pesar de esa pertenencia y pasado irrefutable, en los últimos meses y con la finalidad de profundizar y sostener la grieta, el mismo Macri que inauguró el monumento al General Perón en la Ciudad de Buenos Aires, instaló el discurso de “la decadencia de los últimos 70 años”. Discurso que divulgan día tras día los militantes del periodismo oficialista como Alfredo Leuco y Jorge Fernández Díaz.  Muchachos estos a los que sus colegas, con méritos de trayectoria liberal, no dudan en considerarlos “oportunistas” o benévolamente, desinformados.

El discurso en boga viene a construir, mediáticamente, la identidad entre Estado de Bienestar y decadencia.

La idea, en definitiva, no es considerar ni pretender alcanzar como objetivos de progreso aquellos que están implícitos en el concepto de Estado de Bienestar. Es decir pleno empleo, distribución progresiva del ingreso, crecimiento permanente, ampliación de los bienes públicos.

No. Para Macri ese fue el camino de acceso a la decadencia. Y esos objetivos, los del Estado de Bienestar, nos llevan a la decadencia.

Salir de la que él llama decadencia de los 70 años, para Macri, es simplemente reducir el déficit fiscal bajando el gasto público. Única vía.

De más está señalar la descomunal torpeza de imaginar que una política económica, cualquiera sea esa, pueda tener un solo objetivo y desconocer que todo objetivo es consecuencia de una constelación de sucesos que deben ser enunciados de la misma manera que cada camino tiene un conjunto de señales para saber dónde estamos yendo.

Pero este es el extraordinario descubrimiento de Macri luego de 2 largos y penosos años en el poder. El descubrimiento fue que no tenía necesidad de pensar. Solo tenía que recordar: “achicar el Estado es agrandar la Nación”.

Ese lema fue el de la Dictadura Genocida y su mentor fue Ricardo Zinn, un miembro de la secta “Los caballeros del fuego” que conducía José López Rega y que conecta “el rodrigazo” con JA Martínez de Hoz. No hay casualidad.

Esta etapa de Macri es la repetición del programa de Joe. Todos vuelven a sus fuentes. Duran Barba es el López Rega del macrismo y esta retornando a hacernos vivir la misma experiencia. Claro que ahora las reservas están exhaustas.

La nueva definición macrista de progreso es bajar el gasto público sin considerar siquiera que “la política” carece de sentido sin para qué. No hay socios disponibles ni en Cambiemos para este “progreso” y por eso sólo puede acompañarlo el FMI. Y a pesar de lo gravoso para el FMI es un discurso aliado: no olvide que la burocracia internacional también tiene que vivir. Volvamos

La unidad, que no puede ser otra que la unidad en la diversidad, ha sido definitivamente demolida y la grieta profundizada.

La nueva estrategia PRO hace, entonces, de la grieta una necesidad electoral con el fin de la polarización. Pero además una “necesidad histórica” dado que el nuevo objetivo magno, bajar el gasto público, debe ser producto de una imposición en ausencia de socios locales. Atención, nadie duda que “este Gasto Público” es un indicador del fracaso de 40 años: no hay paz social sin subsidio para sobrevivir y sin  empleo público en ausencia del privado. La única manera de reducirlo es reducir el empleo en negro y crear trabajo productivo. No se olvide que en nuestro país el excedente fugado, no invertido aquí, suma 400 mil millones de dólares a los que se agregan 20 mil millones por año. ¿No podemos?

Esta nueva estrategia que se sintetiza en el programa del FMI y en la construcción excluyente de Macri como “líder personalista”, es la consecuencia de un descomunal fracaso.

Obviamente fracaso no sólo de aquellas tres prioridades, las que nunca podrían haberse cumplido por falta de programas para alcanzarlas, sino de los parámetros más elementales con los que se evalúa la marcha de una economía.

Macri ha logrado superar las últimas tasas de inflación del kirchnerismo. Ha logrado los mayores déficit fiscal y externo de las últimas décadas. Ha dilapidado miles de millones de dólares de reservas con el propósito de contener la cotización del dólar. Ha provocado la estratosférica suba de la tasa de interés sin poder contener la fuga de capitales, que tiene el ritmo de 2 mil millones de dólares mensuales mientras la deuda externa aumenta.

El país sigue casi estancado en términos por habitante desde hace siete años y con el programa en marcha vamos a nuestra segunda década pérdida (la de los 80 y hora la del 10/20) en sólo 40 años. Las décadas perdidas no incluyen la crisis de 2001/2002. La de Carlos Menem fue la década rifada y la de Néstor, la soplada. Más claro, el PBI por habitante de 2017 es igual al 2010.

Ante estas realidades, a las que lo ha condenado su equipo, buscar una estrategia o un programa en otro lado es, por lo menos, sensato. Entre los propios no lo podría encontrar.

Va al FMI por un programa. Esa fue la voz de “ahura” en la desesperación.

Reconoce – en los hechos – que el “equipo” (“el mejor de los últimos 50 años”) era un papelón.

Una joyita del equipo fue Lucas LLach vicepresidente del BCRA que dilapidó miles de millones de dólares, dijo “es muy difícil hacer intervención cambiaria en países tan volátiles”. A esa experiencia Llach la llamó “aprendizaje”. El curso relámpago nos costó 15 mil millones de dólares. Sorprendente. La soberbia es la máscara de la ignorancia.

La nueva estrategia, si es que hubo alguna antes, es precisa y mezquina. La mezquindad no es un buen augurio y la precisión bien puede ser uno muy malo.

Para Macri, comida a full en Olivos con la plana mayor del FMI dedicada a la Argentina, las cartas están echadas.

Bajar el déficit cueste lo que cueste. Único objetivo. Herramienta bajar el gasto. Consecuencias inevitables: recesión y aumento del desempleo y de la pobreza. Impacto directo crecimiento de la grieta social. Indirecto crecimiento de la grieta política.

El conjunto del país en una encerrona. ¿Qué hay del otro lado más que indignación? Pongámonos en positivo.

Si el déficit baja y en una de esas la inflación baja mas rápido que lo que la recesión se expande, entonces, puede soplar un halito de confianza y, finalmente, llegar la temporada de las inversiones. Y entonces se abre una ventana al futuro. Digamos que es posible. ¿Pero es probable? ¿Volverían los fondos de argentinos, terminaría la fuga, vendrían capitales de verdad en un clima social complejo y creciente? ¿Plataforma exportadora, más allá de los bienes de la naturaleza que ya está, con valor agregado, con salarios en dólares que son el doble que los de Brasil, con impuestos que desalientan la inversión, tasas de interés únicas en el Planeta e inflación elevada? De exportar industria ni hablar.

Pero entonces ¿dónde fluirán esas inversiones? Para Mauricio, ahora, la meca es Vaca Muerta. Lo mismo que entonaba Cristina. Seremos ricos nuevamente por la naturaleza. Claro, cualquiera lo sabe,  que no en 2019. Faltan para eso, en el mejor de los casos, tres años y en una de esas en 2023 nos sobra y podemos vender más naturaleza.

Por eso, dice Mauricio, vamos a exportar gas. Claro, la pena es que ya no habrán quedado empresas para consumirlo aquí.

Como cualquiera sabe, el viaje es tan importante como el destino.

El viaje al que Mauricio nos está embarcando, por ahora, suena como intransitable más allá del auspicioso destino que nos promete.

Y su capacidad de conducir el vehículo en que estamos montados, hasta ahora, está muy lejos de estar avalada por sus méritos. Por los resultados, en todos los campos, esta claro que no ofrece ninguna garantía.  Su mérito es haber vuelto, con la mayor indulgencia, al principio de donde partió. ¿No sabe, no puede, no quiere? La suerte no se le niega a nadie: la suerte no es pregunta, es respuesta.

23/7/2018

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