Mal de Montaña

Sobre La Crodillera, de Santiago Mitre

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En una de las primeras escenas de La Cordillera, Hernán Blanco, el presidente encarnado por Ricardo Darín, cruza, con el avión presidencial, la cordillera de los Andes. Pero no lo hace, a la manera de San Martín, para liberar a su pueblo de una situación de yugo colonial, sino para enredarse en un juego de intereses cruzados en medio de una cumbre comercial y diplomática.

La Cordillera puede ser vista como un relato cinematográfico acerca de lo que, en los últimos años, se ha dado en llamar, en política, la cuestión del relato. El film, dirigido por Santiago Mitre (también un apellido presidencial), sobrevuela los asuntos de la política argentina y regional sin dejar entrar ninguna referencia concreta a la política real, como si quisiese dejar solo el esqueleto de los relatos políticos, vaciados de cualquier contenido. Casi como en una fábula o en un cuento moral. No es este, por cierto, solamente un “problema de guion”, es decir, de construcción de relatos.

El presidente encarnado por Darín no es ni peronista ni anti-peronista. Aquí no hay ni populistas ni neoliberales ni izquierdistas. Solamente rosqueros que hablan el mismo idioma, el de la negociación y los negociados, pero con distinto acento. Los acontecimientos de la historia argentina y latinoamericana de las últimas décadas brillan por su ausencia. Todo aquí parece ocurrir en una cabina de presurización, aislada del mundo exterior, replegada sobre sí, como la cumbre de presidentes del hotel chileno. Tal es la falta de contacto del film con la realidad (y no solo de los personajes), que, durante la cumbre, cuyo propósito es cerrar un acuerdo de cooperación energética latinoamericana, el presidente de Venezuela, el mayor país petrolero del continente, apenas dice alguna palabra.

La etimología indica que la palabra “candidato” deriva del latín candidus: el color blanco brillante, a diferencia del albus, que denominaba al color blanco mate. El candidato es aquel ser que debe presentarse como cándido, puro, limpio, sincero e inmaculado. De ahí que, en la Antigua Roma, los candidatos a puestos públicos lucieran togas blancas. Candidato es aquel que blanquea su imagen para hacerla resplandecer y así adquirir la dignidad necesaria para ocupar un cargo de importancia.

En Blanco, el presidente de Darín, podríamos encontrar una reminiscencia de Macri: el candidato blanco (es decir, caucásico), de ojos demasiado azules, que llega al poder a través de sucesivos procesos de blanqueamiento propiciados por el marketing político. Sin embargo, la referencia permanece difusa: el personaje de Darín es una incógnita política que habla poco y que llegó al poder presidencial habiendo sido primero intendente y luego gobernador de La Pampa (rasgo similar al de Néstor Kirchner), promocionándose como un hombre común, rasgo este que poco tiene que ver con Mauricio Macri (aunque su abuelo calabrés, Giorgio Macri, haya fundado, en la Italia de posguerra, el partido del Uomo Qualunque), quien se promocionó como empresario exitosos y meritócrata, que se mete en política para terminar con la demagogia y sacar al país adelante. El presidente Blanco de Darín, entonces, es como un espacio en blanco. La película funcionaría como un test de Rorschach, en donde se le exige al espectador “llenar los blancos”, proyectar, sobre lo que ve, rasgos de políticos reales pero sin poderse definir ninguna coordenada precisa.

En una escena, Blanco sale a pasear en auto con su hija por entre la cordillera con el propósito de esparcirse y distraerse de los trajines de la cumbre y de los conflictos emocionales de la hija a raíz de las sospechas que guarda hacia el padre. Los dos se burlan de los slogans de campaña: “no vote en Blanco, vote a Blanco”, o “alguien como vos”. Esta escena, la más “cándida” de la película, también quiere mostrar la sencillez del presidente Blanco, capaz de reírse de sus propios blanqueamientos de campaña, mientras recorren el paisaje blanco de la nevada cordillera.

Pero detrás de la imagen blanca de Blanco, el impoluto, se alza una sombra negra, una mancha que ensucia su toga. Blanco quizá no sea tan blanco. Así lo muestra tanto los recuerdos reprimidos de la hija como el modo en que negocia, a espaldas de sus propios colaboradores, su posición en la cumbre, cuando acepta un gigantesco soborno ofrecido por el representante de EEUU. Detrás de su blanca fachada, se asoma el político corrupto, capaz de coquetear con el Mal, de pactar con el diablo, con lo que la película abre la posibilidad para las identificaciones con el kirchnerismo: algunos de los negocios sucios de Blanco provienen de sobreprecios en la obra pública.

Pero todo este juego, sin zonas grises, con lo puro y con lo impuro, con lo blanco y con lo negro, con lo poluto y lo impoluto, con lo benigno y lo maligno, expresa más una posición de la película que de los personajes. Es la película misma la que teme “ensuciarse” y “contaminarse” con cualquier referencia a la política real e incluso a la realpolitik. Tal es así, que acaba proponiendo una visión absolutamente autónoma y subjetivista de la política, donde las determinaciones económicas y de clase resplandecen por su ausencia: ¿dónde están los poderosos empresarios y lobbistas petroleros que se esperaría encontrar en una cumbre de esta magnitud, cuando se discute, nada menos, la posibilidad de una alianza petrolera continental? Pareciera que los políticos se corrompen solos, que son los únicos corruptos, mientras se invisibiliza toda forma de corrupción empresarial.

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Y aquí vuelve una vieja pregunta, esencial también para la cuestión de los relatos artísticos en torno a la política: ¿qué tan determinante es la vida privada de los hombres públicos? En La Cordillera, todo lo que pertenece al orden de lo público aparece como pura escenificación, como escenografía y cálculo. Un gran juego de disimulos y pasiones frías. Lo privado, en cambio, sería el lugar de lo auténtico, de las pasiones calientes, allí donde habría que poner el verdadero foco de interés. De ahí la importancia de la escena con el hipnotista, en donde se revela la “verdad” de Blanco, a través de un drama familiar del pasado que reemerge con violencia. A diferencia de los grandes relatos literarios y cinematográficos modernos, en La Cordillera no se trata de mostrar los efectos privados de los asuntos públicos, sino, al contrario, los efectos públicos de los acontecimientos privados. Como en el más esquemático discurso liberal, aquí solo cuenta la corrupción privada de los hombres públicos, y no la corrupción pública de los hombres privados, es decir, de los empresarios.

Imposible hallar en La Cordillera algún tipo de inspiración para pensar dos asuntos cruciales de la política latinoamericana contemporánea: la inmensa tarea pendiente de la unión continental, y la cuestión de la dependencia económica de los países atrasados con respecto a los países avanzados. El problema de la dependencia aquí sería un mero efecto de chanchullos privados, de elites corruptas, y no un problema estructural. Así lo muestra la reunión entre el presidente Blanco y el enviado de EEUU: este ejerce presión sobre Blanco, y Blanco se ve obligado a darle una respuesta. Estos dos movimientos: el “ejercer presión” del poderoso sobre el más débil, y la tensión del débil al quedar obligado a “dar respuesta”, son los dos movimientos típicos de las relaciones internacionales, mediadas por la competencia capitalista. Pero en La Cordillera, las relaciones de fuerza son reducidas a problemas de tipo moral, dirimidas en la soledad del poder, mientras el problema de la autodeterminación política de los pueblos se convierte en un problema de autodeterminación personal.

“Ejercer presión” y “dar respuesta” son dos cuestiones que atraviesan todas las películas de Santiago Mitre. Todos sus personajes son criaturas presionadas sobre las que se ejerce presión desde afuera, viéndose en la obligación de dar respuesta. En el final de El Estudiante, el protagonista respondía con un “no”, para evitar ensuciarse con la política universitaria. En el final de La Cordillera, Blanco alza la mano y vota por un “sí”, con miras a conservar el poder, a pesar de corromperse. En cualquiera de los dos casos, inversamente simétricos, la respuesta dada ha sido tramitada como un asunto íntimo, desanclado de toda deliberación política junto a otros.

La Cordillera es un excelente producto comercial. Es el producto de una importante inversión capitalista que requiere realizarse en el mercado del cine. De ahí su propia necesidad de blancura y de dejar suficientes espacios en blanco, evitando mancharse con las pasiones bajas de la política real. Se trata de un film político sin política, como aquéllos productos típicamente posmodernos mencionados por Slavoj Zizek: el café sin cafeína, el chocolate que no engorda, o la cerveza sin alcohol. Un producto tan atractivo que hasta viene con actor de Hollywood incluido.

Gabriel Muro – Co-editor de Espectros, Revista Cultural

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