Dos aspectos de lo macabro: Rob Zombie y Slayer en el Maximus Festival.

 Por Gabriel Muro y Leonardo Sai

Vosotros a quienes un destino común

hace vivir en condiciones diversas,

todos vosotros, tanto buenos como malos,

bailaréis un día esta danza.

Vuestros cuerpos por los gusanos serán devorados.

¡Ay, observadnos, vednos!:

muertos, podridos, tufantes, esqueléticos;

lo que somos ahora también vosotros lo seréis.

Los músicos muertos

Danza Macabra del Cementerio de los Santos Inocentes de París

            Metal pesado se ofrece para gestionar Tecnópolis—.  El jueves 3 de marzo de 2016 el diario estatal-fóbico La Nación, en su sección política, titulaba “Macri reunió a su tropa en Tecnópolis y exigió recortar los gastos del Estado”. Allí se afirmaba que Gustavo Lopetegui, vicejefe de Gabinete, dijo: “Es un lugar que mucho no me cierra”. A la movida heavy metal sí le cierra. Los metaleros nos ofrecemos a la auto-gestión del espacio. A la innovación colaborativa. Nos sobran ideas. Ya le hemos encontrado un muy buen uso a este predio situado en Villa Martelli; cómodo y relativamente ágil en términos de red de comunicaciones (a diferencia de la fantasmal Ciudad del Rock, donde se realizó el primer Maximus) Festivales del apocalipsis de cuero. La diversidad de propuestas de estos mega conciertos es, en rigor, una cuestión tecnológica resultado de los cambios en la forma de escuchar y producir música. De su escala y de su comunicación. Mientras que en el siglo pasado el rockero promedio compraba algunos pocos discos por año y recurría al cassette o al CD-R, el streaming plantea una experiencia cuantitativamente más rica. Hay más, mucho más, no necesariamente implica una mejor calidad de escucha y dedicación. “Todo” está disponible y, precisamente por eso, la escucha puede tornarse sumamente superficial. El correlato es el “picoteo” entre los escenarios. ¿So what? Ahí donde lo que fascina nos va, nos quedamos. Esta nueva edición del Maximus Festival —con artistas de menor capacidad de convocatoria que en su debut con Rammstein y Marilyn Manson— convocó, no obstante, a 20 mil personas y transcurrió, entre sectores cerveceros, gastronómicos y temáticos, en orden, limpieza y armonía… Mientras el caos y la furia expulsada de los cuerpos reventaba, desde los escenarios, hacia el mosh. Estos festivales son grandes oportunidades para relanzar la escena local, hacerse de contactos, agentes de prensa, vender el CD, difundir el próximo concierto, conocer editores de revistas, noteros, fotógrafos, plomos, cronistas, etc. Una escena local es una construcción territorial donde unos agentes más o menos sedentarios clavan algunas anclas en determinados puntos, hilan unos negocios, que funcionan como centros de rotación, produciendo la necesaria fuerza centrípeta para atraer a la masa de negro, deseosa de ruido, alcohol y amistad. La repetición de los eventos va gestando el hábito, la regularidad, para asegurar cierta estabilidad a los intercambios, hace racional la expectativa de inversión, y la tribu de la “satánica” mercancía puede consumir a sus ídolos de barro; el orgullo de la pertenencia: la remera de Black Label Society, el poster de Joey Ramone, la taza con Never Mind The Bollocks, la calcomanía de Stiff Little Fingers, el anillo del Mal, etc. Aquí nos interesará esta danse macabre que nos pone el heavy —y casi todas sus variantes musicales— ante los ojos.

Este juego con lo oscuro, lo podrido, lo violento, lo sórdido, lo agresivo, lo oculto, lo brutal…. Lo macabro. ¿Por qué tanta calavera, tanta sangre, tanta furia? Al propio tiempo, toda una carga fetichista que se pasea entre cadenas, cueros, largos cabellos salvajes, medias en red, polleras escolares, barbas vikingas, corsés… Una serie que proviene del imaginario sadomasoquista nos invita al goce infinito, mercantil, pleno; otra serie que proviene del imaginario medieval —aquella que bailaba alrededor de las tumbas personificando a La Muerte— nos recuerda la falsedad, lo efímero, el límite, de toda alegría y belleza: la cercanía de nuestro final. En ese cruce, el trash, el heavy, el industrial metal, etc. producen arte, delirio estético. Y, al igual que en la danza macabra que se manifestaba en la Europa del XIV y XV, también confluyen dos aspectos que pueden ser, idealmente, diferenciados: el satírico (la muerte se ríe de quienes detentan posesiones y se apegan a ellas, a sus títulos nobiliarios, somos todos la misma pútrida materia, los honores son estupideces) y el cristiano (todo es impermanente, la vida es inseguridad, Dios hará justicia especialmente sobre quienes se pavonean, ante el humilde, bajo la condición de justos y sabios) El primero lo trabajaremos encarnándolo en este fan de Groucho Marx y Lovecraft que es Rob Zombie; el segundo, en los asesinos de Slayer.

Un zombie que regresa—. Aún no ha comenzado, ni siquiera, la hora del crepúsculo, pero Rob Zombie canta y baila a plena luz del día. El cantante y cineasta encarna el personaje de un monstruo que no aterra, sino que da risa y entretiene. Tanto sus viejos hits con la banda White Zombie como sus canciones solistas están pobladas de espectros, salidos de un imaginario de cine clase B. “Living dead girl”, “Dragula”, “Superbeast”, desfilan, como en procesión, por el escenario izquierdo del Maximus. Rob Zombie es, a todas luces, un fanático que provoca fanatismo en los demás, en los que saltan al ritmo de su groove fantasmal. Es, ante todo, un coleccionista de lo bizarro. Con ese material, proveniente de lo que solían ser los desperdicios de la cultura (cine de bajo presupuesto, porno, comics) Rob Zombie construye su propia obra. Todo en él se encuentra ya mediado, como en una remake recargada, por unos consumos culturales que pueden ser fácilmente identificados con aquello que, especialmente en EEUU, se ha llamado “cine de culto” o “cult movies”. ¿Qué significa, en este sentido, formar parte de un culto?

Las cult movies son lo contrario a una obra culta. No se trata de obras complejas para cuya apreciación haga falta la formación de un gusto sofisticado y selecto. Son en cambio obras que producen fascinación, adherencia, consumo repetitivo, sentido de pertenencia, sensación de compartir un significado secreto. Hacen equilibrio sobre la finísima línea que separa al mal gusto de la subversión contracultural. Su adoración se propagó por EEUU entre la década del sesenta y la década del setenta, con el cine de medianoche. Películas como “La noche de los muertos vivos”, de George Romero, o el musical “Rocky Horror Show”, amenizaban las veladas nocturnas de miles de adolescentes que iban a ver una y otra vez la misma película, muchas veces combinando consumo de drogas con afluencia al cine. En esa misma época también se llamaban cultos a aquéllas sectas lideradas por psicópatas como Charles Manson o el pastor Jim Jones. La mezcla de sexo y violencia está en el centro de estos cultos típicamente estadounidenses. Pero lo que diferencia al culto en torno al psicópata del culto en torno al cine de horror no es otra cosa que la ficción y la risa. El cine de culto es, fundamentalmente, una invitación a lo cómico, al chiste para pocos. En no pocas ocasiones, el cine de culto ríe de los cultos psicopáticos, mostrando el otro lado del sueño americano, es decir, su pesadilla. No puede entenderse este gusto por lo macabro y por el gore artificioso sino como una rebelión estética de los adolescentes estadounidense, especialmente los apartados, los raros, los inadaptados, frente al puritanismo de sus padres y abuelos.

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También los zombies, en esta clase de películas, forman un culto, una especie de colectivo idiota y hambriento, más cerca de la manada de animales que de los agrupamientos humanos. Los zombies siempre aparecen en banda, rara vez solos. Pero este colectivo es, por definición, un colectivo descompuesto, una muchedumbre mitad muerta, que canibaliza el cerebro de los vivos. En el cine de culto, el zombie produce tanto horror como risa, por su torpeza y por su falta de autonomía. Mediante su figura, los cultores del cine de medianoche ríen de la sociedad diurna, de los mecanismos por medio de los cuales la sociedad de consumo se vuelve, enteramente, idiotizada sociedad de muertos vivientes.

Rob Zombie siempre ha defendido, tenazmente, la importancia de la imagen en el rock. En una entrevista dice que si Jimi Hendrix hubiese sido un gordo pelado nadie lo hubiese dado importancia. El rocker debe portar máscaras, debe hacer una obra de sí mismo, rechazando toda apariencia ordinaria. Como los monstruos del cine, toda la cuestión radica en el momento del aparecer. Rob Zombie ama los disfraces, lo antinatural del arte, el artificio, y ha construido un singular personaje: mezcla de zombie caníbal, de canas barbas largas y ojos ciegos, con algunos toques de hippie psicodélico. Esto es lo que lo distingue de la uniformada imagen del metalero estándar: su relación psicodélica con la cultura estadounidense. De ahí que, en medio del recital, haya sonado un cover de Los Ramones, Blitzkrieg Bop, como una declaración de principios: nadie como Los Ramones han logrado articular la suavidad del pop con la dureza musical. En contra del culto de la habilidad y de la destreza técnica, también típica del metal, las canciones de Rob Zombie son canciones muy simples, pegadizas, incluso bailables.

Rob Zombie es un monstruo entre los monstruos, un heterodoxo entre los ortodoxos de la penumbra. También el metal (o especialmente el metal, entre todos los géneros derivados del rock) se ha constituido en un culto, de tipo supra-nacional, pero que no deja de suscitar, en cada país donde se asienta, versiones nacionalistas. El metal traza rígidas fronteras entre su adentro y su afuera, cultivando códigos de uso exclusivo. Rob Zombie, sin dejar de pertenecer al culto metalero, lo parodia. Muestra que el metalero también puede ser un zombie, e incluso disfrutar de serlo, disfrazándose como sus personajes favoritos.

Slayer o el día de la purgación—.  Ante cierta solemnidad metalera que nos invade en un concierto de Slayer, con el pobre de Cristo ensangrentado hecho bandera, sentimos la tentación de profanarlo, desde la interpretación, y ridiculizar un poco a esta “banda de asesinos”. Resistiremos este acicate siguiendo un pensamiento de una gran escritora de nuestro país, Mariana Enríquez: nada más serio y real que el horror. Slayer es la música de un pensamiento extremo. 70 minutos sin descanso. Es lo macabro-serio. Acá no hay joda, lo que propone la banda no causa gracia. “Repentless” (2015) es el tema que da título al último trabajo de la banda, exhibe en su video promocional un sangriento motín carcelario, donde rodan cabezas, recuerda a aquél que Los Doce Apóstoles hicieron en Sierra Chica el 30 de marzo de 1996. “Disciple”, “Postmortem”, “Hate Worldwide”, “War Ensemble”, “When The Stillness Comes”, “Mandatory Suicide”, “Dead Skin Mask”, “Fight Till Death”, “Seasons In The Abyss”, “Hell Awaits”, “South Of Heaven”, “Black Magic”, “Raining Blood”, cierre con “Angel Of Death”. Cada una de esos pentagramas al borde de la crucifixión es un pensamiento extremo, una experiencia con la velocidad de las notas, una patada en los huevos. ¿Cuánta violencia musical sos capaz de soportar? No se trata de contemplarla exteriormente, desde afuera, como quien mira un cuadro sino de conectarse con ella, con un fin purgatorio: lo que somos capaces de hacer, lo que somos, cuando hemos perdido todo equilibrio, toda cordura, cuando la propia música, desde lo sublime, nos indica cuan insoportable puede ser un destino, el infierno auto-producido por nuestros deseos. Pesadillas. Casi un argumento para afianzar garantías constitucionales en el derecho penal. Slayer es una experiencia psicológica de rechazo a la autoridad. Es una experiencia física purgante, al mismo tiempo, un manifiesto anti-social. Asco, desprecio, vómito visceral frente a la religiosidad institucional de la sociedad. Dios nos odia a todos. El narcisismo nuestro herido de cada día encuentra en el pogo un sustituto energético complementario: la purga de las emociones negativas produce un efecto potente superador. Un plus. Entre todos los choques y fricciones y golpes voluntarios, se restituye el amor propio de la bestia bajo la forma de una catarsis masculina: el macho podrá mantener a raya su homosexualidad jugando a lo bruto. Esta música también seduce a la voluntad de sentirse singular, únicos, en el mercado de todo amor. La intensidad del heavy, su complejidad, su variedad, su baja circulación mercantil, el límite al cual Slayer lleva el género, son todos rasgos de una personalidad abierta que, con el paso del tiempo, tiende a cerrarse a la música convencional. La religiosidad negada en el culto oficial se urbaniza, se desplaza al artista, desmiente los estereotipos: el público metalero no es “suicida”, “depresivo”, “violento”, “desviado” sino un público anhelante de experiencias románticas, políticamente pasivas, en la cual el ser introvertido contemplará, por algunos minutos, su grandiosa interioridad, por fin liberada, en el teatro del oído.

            Es el  ímpetu de Wagner en la canosa barba de Araya.

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Culminado el concierto de Slayer, nos retiramos a paso lento, bailando cuales Jagger & Bowie en “Dancing in the Streets” mientras de fondo sonaban los Profetas de la Furia. Una cena por Palermo aguardaba por nosotros, y unas cuantas cervezas más en el Salón Pueyrredón… Allí donde una Roma Pagana nos llamaba a seguir celebrando a esos espectros que todavía merodean las calles del Abasto.

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Para leer en pdf: Dos aspectos de lo macabro. Reseña de G.Muro y L.SAI

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